Conversations on Performance Event: rafa esparza & Asher Hartman, Thursday, April 25

Rituals of Mourning

Karla Ekaterine Canseco dances between realms in an ode to a dying car. How to mourn (a machine)
March 26, 2024
By Nahui Garcia

Review

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For her solo exhibition Grietas de Acero (Steel Fissures) at the Downtown Los Angeles art space Murmurs, artist Karla Ekaterine Canseco presented a new performance titled an ode to a dying car. How to mourn (a machine). Canseco incorporated organic materials and ritualistic actions into her performance to grieve a figurative automobile. In a darkened gallery space, Canseco stood holding a piece of obsidian stone in front of a snout-shaped mask affixed to her face that alluded to the recurring presence of dogs, especially the hairless Xoloitzcuintles breed, in her work. According to the beliefs of the Aztec people, these canines were sacred guides that accompanied humans on their journeys to the underworld. That day, Canseco crossed borders to other realities, remote worlds where we could see her, but she could not see us.

Setting the stone down, Canseco walked towards two translucent containers, one holding crude oil and the other a strange, black, and viscous substance. She immersed her feet in the latter, smearing the liquid on a piece of leather placed on the floor. As she ‘drew’ with her feet, Canseco danced with her shadow to a vibrant soundtrack produced by the artist Andrew Kato, which featured a remixed version of the song “La Danza del Petrolero” (The Oilman Dance) performed by the Peruvian cumbia group Los Mirlos. The lyrics refer to petroleum as “black gold” that awaits human excavation. 

For the artist, oil symbolizes something abstract and universal: the blood of the earth and the reflection of one’s desires.1I am deeply grateful to Canseco for sharing her interpretation of the work with me during our studio visit. This is alluded to in her installation Neobiota (2024), located at the opposite end of the gallery. In this work, a headless female figure with an animalistic arm and exposed ribs crawls on all fours in a pond of motor oil, her body greased with the black liquid. The oil was still and opaque, a mirrorlike barrier that hindered any attempt to glimpse beyond its surface. The work reveals only what one is willing to see or confront. 

As the performance progressed, Canseco’s appearance increasingly resembled the hybrid and bestial being of Neobiota. She poured the contents of one of the containers over her head and let it run from her shoulders to her abdomen and feet. While performing this action, the soundtrack switched to Canseco’s voice reciting, in a distorted and singsong manner, passages from Iranian writer Reza Negarestani’s horror and science fiction novel Cyclonopedia: Complicity with Anonymous Materials, in which oil is personified as a malevolent entity yearning for release from the earth. For Negarestani, the oil industry has fundamentally redefined the original meaning of the fossilized remains of extinct creatures.

As if emerging from her oil bath with a new identity, Canseco appeared to metamorphose, crossing another threshold of enigmatic existence. Her likeness became more unrecognizable, resembling or evoking the mystical figure of a Nahual or the legend of Xolótl, the Mexica god with the head of a dog and the body of a human who sacrificed her vision so that the sun could be reborn.2In Aztec mythology, Xolótl is recognized as the patron god who watches over monsters and twins in the dusk. His name in Nahuatl (the language of the Méxicas) could be interpreted as “monster” or “beast.” As the dark liquid coated her face and eyes, Canseco groped her way to her installation, Rock that weeps desire. Thirsty bitches / rocks crying desire. Thirsty Bitches (2024), a clay vessel suspended from the ceiling by a chain. She activated the metal- and leather-bound receptacle by filling it with water before crouching underneath it and rinsing herself with the drops that fell through its crevices. While cleaning the oil off her face, she kneeled between two sculptures that looked like small Xoloitzcuintles.3The sculpture titles are Rock that weeps desire. Perras sedientes, (perra sentada)/ rocas que lloran deseo. Perras sedientes (perra sentada) (2024) and Rock that weeps desire. Perras sedientes, (perra en cuatro)/ rocas que lloran deseo. Perras sedientes (perra en cuatro) (2024). Both appeared to be blind, but bared their fangs and snout.

Through her performance, Canseco appeared to renounce her identity in order to transform herself into an immortal being. The canine figures were her guides through that process. As spectators, we witnessed the reimagining of an Aztec mourning ritual, in which the symbolic sacrifice of machinery resurrected animal fossils, generating a new spiritual existence through destruction. Post-ritual, it was as if we were invisible to Canseco and her two canine companions. We were unnoticed by their absent gazes. They didn’t look at us. They couldn’t see us.

Spanish Translation

Para su exposición Grietas de Acero (Steel Fissures) en el espacio de arte Murmurs del centro de Los Ángeles, la artista Karla Ekaterine Canseco presentó un nuevo performance titulado, an ode to a dying car. How to mourn (a machine). En la galería, con tenue iluminación, Canseco fusionó materiales orgánicos y acciones ritualísticas en su performance para lamentar metafóricamente la pérdida de un automóvil. Permaneció de pie sosteniendo un pedazo de piedra de obsidiana frente a su rostro, llevando una máscara en forma de hocico fijada a su rostro con un listón negro que aludía a la presencia recurrente de perros, especialmente la raza de Xoloitzcuintles, en su trabajo. Ese día, Canseco cruzó fronteras hacia otras realidades, mundos remotos donde podíamos verla, pero ella no a nosotros.

Al depositar la piedra en el suelo, Canseco se aproximó a dos contenedores translúcidos: uno lleno de petróleo crudo y el otro de una extraña sustancia negra y viscosa. Sumergió sus pies en este último, untando el líquido en un trozo de cuero. Mientras lo usaba para ‘pintar’ con sus pies, Canseco bailaba con su sombra al ritmo de una pista musical creada por el artista Andrew Kato, la cual mezclaba una versión distorsionada de la canción “La danza de los petroleros”, interpretada por el grupo peruano de cumbia Los Mirlos. La letra de la canción, que hace referencia al petróleo como “oro negro” brotando de la tierra, revela la naturaleza oculta de los depósitos subterráneos bajo la superficie, aguardando la esperando ser excavados por la mano humana.

Para la artista, el petróleo simboliza algo abstracto y universal: la sangre de la tierra y el reflejo de los deseos. Esta idea se ilustra en la instalación Neobiota (2024), ubicada en el extremo opuesto de la galería. En esta obra, una figura femenina sin cabeza, con un brazo animal y las costillas expuestas, se arrastra en cuatro patas en un estanque de aceite de motor, su cuerpo cubierto por el líquido negro. En el interior de la galería, el petróleo permanece quieto y opaco, actuando como una barrera similar a un espejo que impide cualquier intento de vislumbrar más allá de la superficie. La obra revela aquello que uno está dispuesto a ver o confrontar. 

Conforme avanzaba el performance, la apariencia de Canseco se asemejaba cada vez más al ser híbrido y bestial de Neobiota. Ella vertió el contenido de uno de los contenedores sobre su cabeza, dejando que el líquido se deslizara desde sus hombros hasta su abdomen y pies. Mientras llevaba a cabo esta acción, la pista musical se transformó en a la voz de Canseco recitando, de manera distorsionada y entonada, pasajes de la novela de horror y ciencia ficción del escritor iraní Reza Negarestani, Cyclonopedia: Complicidad con materiales anónimos, en donde el petróleo se personifica como una entidad malévola que anhela ser liberada de la tierra. En este contexto, para Negarestani, la industria petrolera ha redefinido fundamentalmente el significado primordial de los restos fosilizados de criaturas ya extintas. 

Como emergiendo de un baño de aceite con una nueva identidad, Canseco pareció metamorfosearse, cruzando otro umbral de existencia enigmática. Su semblante se tornó aún más irreconocible, evocando la figura mística de un Nahual o la leyenda de Xólotl, el dios Mexica con cabeza de perro y cuerpo de humano que sacrificó su visión para que el sol pudiera renacer. A tientas y conforme el líquido cubría su rostro y ojos, Canseco marcó su camino hacia la obra, Rock that weeps desire. Perras sedientes / rocas que lloran deseo. Perras sedientes (2024), una escultura en forma de una vasija de barro suspendida del techo por una cadena. La activó llenándola de agua antes de agacharse debajo y enjuagarse con las gotas que caían a través de las fisuras de la vasija. Mientras enjuagaba el aceite de su rostro, se arrodilló entre dos esculturas que parecían pequeñas Xoloitzcuintles. Ambas parecían estar ciegas, mostrando sus colmillos y hocico a medio ladrido. 

En el transcurso de su performance, Canseco pareció abandonar deliberadamente su identidad para transformarse en un ser inmortal. Las figuras caninas se convirtieron en sus guías en este proceso. Nosotros éramos espectadores de lo que sucedía, observando cómo la artista reinterpretaba un ritual de duelo inspirado en la cultura Azteca, donde la destrucción generaba una nueva forma de existencia espiritual. Al concluir la ceremonia, parecíamos ser meras sombras para Canseco y sus acompañantes caninos. Pasamos desapercibidos ante su mirada ausente. No nos dirigían la mirada. No podían vernos.

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